29 de junio de 2025
No tengo otra cosa en la cabeza desde el domingo. Todas las conversaciones con mis amigos pasan en algún momento por el fútbol y en este redil ya no cabe un loco más. Interpretamos coincidencias como señales de Dios y el estado de obsesión, de locura, de fe ciega en que las cosas se darán, está a punto de hacernos pasar a una dimensión de la que no volveremos siendo los mismos.
Ya se han empezado a apostar las primeras cenas contra aquellos que no creen que sea posible, se han hecho promesas a la Santina y hay quien está mirando el estudio donde se tatuará el escudo del club, o algo relacionado con el Real Oviedo, en caso de que la moneda caiga del lado azul.
Inevitablemente, pienso en esa generación que nunca hemos visto al club en Primera División y jamás nos ha importado lo más mínimo. Porque lo importante siempre fue apoyar al equipo de la ciudad, hacer comunidad, tener claro de donde venimos, quienes somos y construir juntos nuestro futuro.
Una generación donde nuestros ídolos eran Cervero, Pelayo, Curro, Manu Busto y Aulestia. Una generación que le cantábamos a Owona como si fuera el mejor central de nuestra historia. Una generación que estaba orgullosa de comprar acciones, pintar el Tartiere en verano, ayudar en el Requexon, ir a manifestaciones y recorrerse los peores campos de España con una sonrisa en la cara y la ilusión intacta porque todo se hacía por amor a los colores de la infancia.
Y esa generación, que se ha convertido en hombres y mujeres que transmiten los valores del oviedismo a los más pequeños, está deseando verte volver. Porque, probablemente, uno de los actos más nobles que puedan contar a sus hijos, sobrinos o nietos es que no abandonaron a los suyos en los peores momentos, entendieron que la familia es lo más importante que tenemos y que, hasta que sea imposible, siempre merece la pena seguir peleando y creer.
No hay lugar para las dudas. Sólo hay tiempo para vestirnos con nuestras mejores galas y dejarnos el alma en la grada. Abracemos más fuerte que nunca la causa del oviedismo y dejemos que, plácidamente, nos mate.


